Grupo de Investigación UCM (ref. 971672) sobre Psicología del Testimonio.
Facultad de Psicología, Universidad Complutense de Madrid (España).
Investigador principal: Antonio L. Manzanero.

Introducción

La Psicología del Testimonio trata de la aplicación de los conocimientos sobre los procesos psicólogicos básicos (atención, percepción, memoria y procesos afines) a la obtención y valoración de la prueba testifical.
En sus inicios, la Psicología del Testimonio surge como un intento de estudiar la Psicología de la Memoria y la Percepción en entornos cotidianos. Por ello, su desarrollo discurre paralelamente al de la Psicología Experimental. Autores como Stern, Münsterberg, Binet o Whipple fueron pioneros en la realización de las principales investigaciones en el área, a finales del siglo XIX y principios del XX. Desde entonces y hasta nuestros días el desarrollo de la Psicología del Testimonio vendrá determinado por los avances teóricos y metodológicos de la Psicología Experimental. De este modo, podemos hablar de tres épocas en la historia de la Psicología del Testimonio: a) una primera época de inicio hasta los años 30-40 del siglo XX, donde se perfilan los principales tópicos de la disciplina; b) una época de crisis hasta los años 60, donde perdura casi en exclusiva el interés por los factores conductuales asociados a la credibilidad de los testimonios; y c) una época de renacimiento y pleno apogeo con los paradigmas del Procesamiento de la Información, desde los años 60 hasta nuestros días, donde el interés por la psicología del testimonio crece exponencialmente, situándose de nuevo en un lugar destacado en los estudios aplicados de la psicología de la atención, la percepción y la memoria. Así, hoy en día la psicología del testimonio genera interesantes temas de estudio como el del efecto de la información sugerida, la distinción del origen de los recuerdos o los factores de influencia en la percepción y el reconocimiento de personas.
Por otro lado, la creciente demanda forense en el sistema de justicia y la especialización de los cuerpos de seguridad en la prevención y persecución de delitos hacen de la Psicología del Testimonio una especialidad muy demandada, como lo muestra el hecho de que desde principios de los 90 hasta nuestros días se hayan multiplicado las actuaciones periciales en los juzgados, sobre aspectos relacionados con los factores de influencia en la exactitud de las declaraciones e identificaciones. Progresivamente la formación en Psicología del Testimonio se ha incorporado al currículo de abogados, magistrados, policías y todas aquellas personas relacionadas con la administración de la justicia.

Una verdad que quema

Fueron tomados como botín de guerra, despojados de sus identidades y entregados en su mayoría a familias afines al régimen militar que gobernó Argentina entre 1976 y 1983

Cuatro hijos de militantes políticos asesinados narran cómo afrontaron su nueva vida entre dos familias, tras ser recuperados por Abuelas de Plaza de Mayo


Raquel Garzón
29 ABR 2015

Hijos de asesinados y desaparecidos políticos 
de la dictadura argentina. / MARIANA ELIANO
Llora como un niño, hipando. Matías tiene 37 años y sabe desde hace 25 que es hijo de desaparecidos, víctimas de la dictadura militar argentina, pero se quiebra y tarda varios minutos en recobrarse cuando piensa en cómo va a contarle a Benjamín, su hijo, que no ha cumplido dos aún, que él y su hermano mellizo llamaban papá a Samuel Miara, un torturador que se los apropió en mayo de 1977, pocos días después de que su madre los diera a luz en La Cacha, un centro clandestino de detención ubicado en la cárcel de Caseros, La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. “Si hay algo que no le voy a hacer a mi hijo es mentirle. Te entrenan para mentir, para llevar una doble vida”, cuenta en su apartamento de la ciudad de Rosario, a 300 kilómetros de la capital del país.
Tatiana recuerda que a Mirta, su mamá, la secuestraron frente a sus ojos en una plaza de Villa Ballester, cuando tenía tres años y medio. “La veo como en una película muda. Reconstruyo lo que dice: ‘Cuídense mucho”. Allí quedaron ella y Laura, su hermana de tres meses, hasta que la policía las llevó a un juzgado de menores como NN (Nomen nescio: sin identidad conocida). Adoptadas de buena fe por un matrimonio, fueron las primeras nietas recuperadas por Abuelas de Plaza de Mayo en 1980. “Hasta los 12 años pensaba que mis padres iban a volver”, dirá embarazada de Pedro, su tercer hijo, que habrá nacido cuando este reportaje se publique.
Victoria nació en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), uno de los centros clandestinos de detención más emblemáticos de Argentina, durante el cautiverio de su madre, Cori, cuyos ojos ella heredó y también Trilce, su beba de cinco meses. Militante social desde muy joven, Viki vivió hasta los 27 años creyéndose hija de Esther y Juan Antonio Azic, Piraña, exmiembro de las fuerzas de seguridad devenido comerciante, condenado a 18 años de prisión por secuestros y torturas. Fue restituida en 2004, y en 2007 se convirtió en la primera nieta recuperada en ser elegida diputada nacional. Pero sigue visitando en el penal de Ezeiza a su apropiador, a veces con su niña en brazos. “A pesar de lo que hizo y de lo que es, un represor, lo quiero”, definirá con la voz quebrada en el salón de su apartamento del barrio de Boedo, un ambiente pintado de naranja furioso.
Ignacio, músico, vive en Olavarría, a 350 kilómetros al suroeste de la ciudad de Buenos Aires. El 5 de agosto de 2014 se enteró de que es el hijo de Laura Carlotto y nieto de Estela, la presidenta de Abuelas, que lo buscaba desde hacía más de tres décadas cuando supo que su hija lo había parido en una prisión clandestina. “Pobre mujer, ¿lo encontrará?”, llegó a preguntarle a Celeste, su mujer, mirando una entrevista televisiva, sin sospechar que Guido, el pródigo al que buscaba, era él. Y aunque dice que recuperar su identidad a los 36 años ha sido “un sacudón feliz” (“me llovieron dos familias”), reconoce que “lleva tiempo reinterpretar toda tu vida” y que no es fácil asumir “de la noche a la mañana que tu cara se convierte en un póster”. Mientras, la justicia investiga aún su apropiación y la responsabilidad de Clemente Hurban, su padre de crianza, un trabajador rural que apenas terminó la escuela primaria, a quien Ignacio atesora como su “viejo”.

Tomados como botín de guerra por los militares, unos 500 niños nacidos entre 1975 y 1980 fueron despojados en Argentina de sus identidades y entregados en su mayoría a familias afines que los registraron como propios, a fin de evitar que fueran educados en ambientes que el régimen consideraba “subversivos”. Hijos de militantes políticos secuestrados y asesinados por la dictadura que gobernó el país entre 1976 y 1983 (algunas fuentes elevan a 30.000 los desaparecidos), Matías Reggiardo Tolosa, Tatiana Sfiligoy, Victoria Donda Pérez e Ignacio Montoya Carlotto representan cuatro casos de los 116 nietos recuperados hasta hoy por Abuelas de Plaza de Mayo, una asociación civil creada en octubre de 1977 por mujeres que encontraron fuerzas para seguir en la ilusión de recuperar a los hijos de sus hijos. El País Semanal entrevistó a los cuatro para saber cómo se vive después de una verdad que escalda y que obliga a reconstruir con retazos y relatos de otros las historias de sus padres, en las que se entreveraron ideales, mentiras, torturas, muerte y terrorismo de Estado. Todos ellos son más viejos hoy que sus padres al ser asesinados.

Ignacio Montoya Carlotto
Hijo de Laura Estela Carlotto y Walmir Óscar Montoya, secuestrados en 1977.
Le dicen “el Messi de los nietos”, un apodo que le pusieron otros jóvenes restituidos medio en broma, reprochándole que desde que él apareció, el 5 de agosto de 2014, los demás quedaron opacados. “Si no estás bien contenido, una noticia como esta te destruye, empezás a hacer pavadas”, dice, mate de por medio, Ignacio, el nieto que Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, esperaba desde hacía 36 años.
La búsqueda de su abuela, Estela, empezó cuando supo por testimonios de sobrevivientes que su hija Laura, militante del grupo armado Montoneros y secuestrada en noviembre de 1977, había dado a luz –esposada, en un hospital militar– a un niño al que llamó Guido, en homenaje a su papá. A las pocas horas los separaron; la joven fue asesinada dos meses más tarde en un falso enfrentamiento. Los militares entregaron a la familia el cuerpo de Laura, pero no el niño.
La búsqueda de Ignacio empezó el 2 de junio del año pasado, el día de su cumpleaños, cuando un allegado a la familia le confirmó a Celeste Madueña, su mujer, algo que él sospechaba: que era adoptado. Entonces, se contactó por correo electrónico con Abuelas. Le dijeron que solo uno de cada mil casos resulta en una confirmación. Entretanto habló con sus “viejos”, Juana y Clemente Hurban, a quienes sigue defendiendo como tales. “Me contaron que Carlos Francisco Aguilar, el dueño del campo donde ellos eran puesteros, sabiendo que no podían tener hijos, les dijo que había una mujer de La Plata que no quería criar al suyo y que podía traerlo. Ellos aceptaron y firmaron papeles que creyeron que eran de adopción. Les dijeron que era mejor que no me contaran nada. Son gente muy humilde, confiaron ciegamente”. Aguilar murió en marzo de 2014 y su ausencia parece haber relajado los pactos de silencio.
El 5 de agosto, tras los cruces de ADN pertinentes, cotejados con las muestras del Banco Nacional de Datos Genéticos creado durante la presidencia de Alfonsín en 1987, el país y el mundo se conmovieron por la aparición de Ignacio, el nieto recuperado número 114, cuya abuela es Estela de Carlotto. Todo argentino recuerda dónde estaba cuando recibió la noticia. Así de movilizador es su caso.
“Es muy difícil la situación, no solo por lo íntimo y por el peso de la verdad, sino por todo lo que lo acompaña: la portada de las revistas, las cámaras que te siguen y la expectación por lo que vas a decir”, describe. “Es raro, por ejemplo, tener que explicar que sos quien eras y que te llamás como te llamás. Yo no soy Guido. Y a veces recibo cartas de gente que me pide explicaciones: ‘¿Cómo puede ser que no te hagas cargo del símbolo que representás?”. Cree, no obstante, en una responsabilidad cívica, que supera esas molestias: “Yo no soy un militante, pero el derecho a la identidad es fundamental y hago lo que puedo para aportar y alentar a que otros se animen a saber”.
Ignacio Montoya Carlotto, nieto de Estela de Carlotto, 
presidenta de Abuelas Plaza de Mayo. / Mariana Eliano
Hace apenas ocho meses que la vida de Ignacio giró 180 grados. La primera vez que se encontró con Estela, su abuela, se abrazaron y se pusieron a llorar. “Fue en La Plata. Nos sentamos y empezaron las charlas. A unas cuadras esperaban mis primos: 14 más sus parejas y sus hijos. Me preguntó si los quería conocer y le pedí tiempo. Fue al día siguiente. La abuela les dijo: ‘No le gusta que lo abracen ni que lo toqueteen como hacemos nosotros’. Cuando llegué habían hecho una fila y estaban duros: ‘Hola, qué tal, yo soy fulano’. Los saludé a todos ¡y una se coló dos veces! Fue gracioso. Vinieron también unas primas por parte de mi papá. Todos nos conocimos ahí, porque no había certeza hasta el ADN de quién era la pareja de mamá. Fue un gran momento”.
Ignacio no habla de pérdidas; sí, de duelo y de una historia con un “inicio dolorosísimo que tiene esta instancia de luminosidad”. “Yo no tuve oportunidad de preguntar nada, me llenaron de información. Cosas que sé que son ciertas, pero que están tamizadas por años de repetir la historia para no olvidarla. Pero de a poco, con todos los viajes que hice en estos meses, encontré anécdotas y fui construyendo una imagen de Laura y de Walmir, que se conocieron en la clandestinidad. Me mostraron por ejemplo una postal que mi papá le mandó a mi abuela Hortensia, que hoy tiene 92 años. Está llena de horrores de ortografía. Y en una época yo era así, un asco escribiendo. Así junto pedacitos, un rompecabezas de cositas lindas. Eso es mío y ahí sí los puedo ver como papá y mamá. Si no, es muy difícil: no los conociste, no tenés registro”.
Lo que más le ha costado es defender su espacio y su intimidad de la invasión que supone convertirse en alguien público. Ahora que han llovido posibilidades “de tocar acá y allá, de vivir en otra parte”, volvió a elegir Olavarría, donde está haciéndose una casa y donde Celeste y él quieren tener un hijo (“estamos en eso”).
A sus dudas de antes las llama “ruidos”. “Yo tuve y tengo una vida feliz. Pero había ciertas cuestiones básicas: los parecidos físicos, por ejemplo. No nos parecíamos. Y la música, porque nosotros vivíamos en el campo, a 45 kilómetros de acá, en un sitio donde no hubo luz eléctrica hasta el año pasado. Ni radio había. Y cuando un día fuimos a una localidad cercana, yo tendría ocho o nueve años, escuché una orquesta típica que tocaba un poquito de todo –pasodoble, rock, pop…–, fue un flash, no pude creer lo que escuchaba”, recuerda. Y empezó a estudiar.
Esa música, lo sabe ahora, corría en la familia. Walmir Montoya, su papá, era baterista: militante montonero secuestrado en 1977 y acribillado en un presunto enfrentamiento, sus restos enterrados como NN en una fosa común, fueron hallados en 2006 por el Equipo Argentino de Antropología Forense. Su abuelo paterno era saxofonista, y su abuelo materno, Guido, un melómano, amante del jazz. “La sangre no es agua”, dice Ignacio. Saborea ese refrán que tiene equivalencias en varias lenguas, mientras toca en el piano Los niños que soñaban en colores, “un valsesito jazzeado”, lánguido y bello, que es lo primero que compuso después de saber quién es.

Tatiana Sfiligoy 
Hija de Mirta Graciela Britos Acevedo y Óscar Ruarte, que continúan desaparecidos.
Habíamos visto en la esquina de casa el operativo, una patota armada. Y mi mamá atinó a ir a la plaza. Nos siguieron y no tuvo alternativa. Comenzó a besarnos y a despedirse. No recuerdo haber tenido miedo. Sí, desconcierto. Esa es la última vez que vi a mi mamá”, cuenta Tatiana volviendo a ese día infernal de 1977.
Tenía tres años y medio. Seis meses después, ella y su media hermana Laura (hija de Alberto Jotar, también desaparecido, pareja de Mirta Britos en ese momento) fueron dadas en guarda a un matrimonio de buena fe, Inés y Carlos Sfiligoy, quienes las adoptaron, cuyo apellido decidió conservar y a quienes llama mamá y papá. “Cuando en 1980 nos citaron al juzgado porque mis abuelas nos localizaron y se produce el encuentro de ambas familias, hubo un entendimiento. ‘Arréglense las partes’, dijo el juez, y lo hicieron. Se estableció un régimen de visitas para mis abuelas, que vivían en Córdoba. Eso me permitió crecer y sostenerme en otros papás sin cortar lazos con ellas ni con mis primos y tíos y sin ocultar la historia de mis padres biológicos. Eso fue atípico”, resume Tatiana. Casos como el suyo –donde no hubo robo de niños ni apropiación de quienes criaron a los chicos– son contados con los dedos.
Hasta los 18 años, Tatiana no preguntó mucho. Un día encontró en un diario un remitido de la Asociación Argentina de Actores que incluía el nombre de sus padres. “Me impactó muchísimo y tardé casi un año en buscar más datos”. Pero lo hizo. Viajó a Córdoba, donde Mirta y Óscar militaban en las organizaciones guerrilleras FAL 22 y el PRT-ERP. “Fue muy fuerte para mí y para sus compañeros. Me miraban como si fuera un fantasma, porque me parezco a mis papás”.
Comenzó entonces para ella una época de activismo por los derechos humanos. Estudió Psicología y participó de los primeros escraches organizados contra represores por la agrupación H.I.J.O.S., creada en 1995 para luchar contra la impunidad. “Los escraches estaban muy mal vistos. Eran momentos muy álgidos para los hijos de desaparecidos. Llevó mucho tiempo, incluso en democracia, que la memoria fuera una política de Estado”, recuerda.
Tatiana Sfiligoy tenía tres años y medio cuando su madre 
la abandonó en una plaza junto a su hermanita bebé 
mientras los perseguían los paramilitares. / Mariana Eliano
H.I.J.O.S. acaba de poner de manifiesto las divisiones que existen entre los militantes por los derechos humanos en relación con el kirchnerismo, al quemar en La Plata –el último 24 de marzo, a 39 años del golpe de Estado– dos muñecos abrazados de Hebe de Bonafini, líder de las Madres de Plaza de Mayo, y César Milani, actual jefe del Estado Mayor del Ejército argentino. La quema repudió las contradicciones del Gobierno de Cristina Kirchner, que auspicia activamente una política por la memoria, pero nombró en 2013 y aún sostiene a ese militar sospechoso de crímenes de lesa humanidad.
La historia se lleva en la piel. “No juzgo a mis padres. Su generación pensó que era posible un cambio. Era grande el compromiso y poca la conciencia de lo siniestro que se gestaba. Nunca pensaron que los iban a matar”, reflexiona Tatiana. Tras la muerte de sus abuelas, hace cinco años, los contactos con la familia biológica se espaciaron (“casi todo es por Internet”). Con Laura, su hermana, pasa algo similar. “Ella hizo un proceso diferente. Vive en EE UU. Es paradójico porque no conoció a nuestros padres, no los recuerda, pero los padece. No los perdona. Allí es donde se produce el mayor desencuentro. Estamos hablando otro código. Tengo dos sobrinos allá y es complicado”.

Matías Reggiardo Tolosa
Hijo de María Rosa Ana Tolosa y Juan Enrique Reggiardo, desaparecidos en febrero de 1977.
"Yo les preguntaba a las chicas con las que salía: ‘¿Vos sabés quién soy?”, lanza Matías mientras conversamos rodeados de la sillita de comer y los juguetes de Benjamín. “Ahora lo tomo a risa, pero ante esa pregunta, pensaban: a) es un asesino en serie; b) está casado; c) es gay”. En 2009 conoció a María, que no temió explorar la respuesta; se casaron tres años después y nació el chiquilín cuyas fotos tapizan las paredes.
Se considera un hombre feliz e incluso rei­rá varias veces a lo largo de la conversación. Pero nunca pudo acostumbrarse a festejar su cumpleaños el 27 de abril, cuando se presume que nació, durante el cautiverio de María Rosa Tolosa, su mamá, quien continúa desaparecida. Sigue haciéndolo el 16 de mayo, día en que él y su hermano mellizo, Gonzalo, llegaron a la casa del exsubcomisario Samuel Miara, condenado en 2013 a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad cometidos en los centros clandestinos de detención Club Atlético, El Banco y Olimpo. Miara y su mujer, Beatriz Castillo, los registraron en 1977 como hijos propios. Hasta 1985 los chicos no sospecharon nada. Ese año huyeron a Paraguay: Abuelas de Plaza de Mayo los descubrió pensando que eran otros mellizos hijos de desaparecidos, los Rossetti Ross.
Los extraditaron en 1989, pero verificar su identidad llevó años (“pensá que no había ADN aún, sino estudios de histocompatibilidad”), durante los cuales siguieron viviendo por decisión judicial con los Miara. Ese tiempo fue muy difícil: “Ellos nos dijeron que habían cometido un delito y que iban a ir presos. La justicia estableció un seguimiento muy cercano. Durante toda mi adolescencia y hasta que cumplí los 18 años, tuve que ir cada 15 días a ver a un psicólogo forense. Nos sentimos como conejillos de Indias y sé que nuestro caso se trata aún hoy en distintas cátedras de psicología”.
No es lo mismo restituir a un menor de edad que descubrir quién eres de adulto. El caso Miara aún duele. En 1994, los mellizos llegaron a las pantallas de la televisión argentina; tenían 16 años y acababan de mudarse con su tío materno, Eduardo Tolosa. Pedían volver con sus apropiadores, a quienes por entonces sentían y querían como padres. ¿Por qué? “Nos obligaron a cortar todo lazo con nuestra vida anterior: la ciudad, los amigos, el colegio, los Miara. Al principio tratábamos de hablar en forma clandestina con ellos, nos escapábamos. Llegaron a poner policías para seguirnos. Estábamos presionados por ambos lados. Lo que generó todo eso fue un retraso muy significativo en nuestra voluntad de recobrar nuestros orígenes”, recuerda ahora Matías.
Después del escándalo mediático (“todavía me parece una locura que nos hayan dado aire, hoy sacás a un menor sin autorización en la tele y te cierran la emisora”), Eduardo, que no quería negociar un régimen de visitas con los apropiadores, renunció a la guarda de sus sobrinos y los chicos vivieron con una familia sustituta hasta su mayoría de edad. A los 21 años, Matías y Gonzalo decidieron volver a vivir con Beatriz Castillo. “Sentía que no tenía otro lugar a donde ir”, explica Matías. “A ella le decía mamá, pero siempre era consciente de lo que habían hecho. Samuel estaba preso por nuestra apropiación. La distancia se empieza a profundizar a mis 28 años, porque empecé a caer”.
Matías Reggiardo Tolosa desapareció en 1977. 
Supo de adolescente que fue arrebatado de sus 
padres siendo un bebé. / Mariana Eliano
En junio de 2005, la Corte Suprema declara la inconstitucionalidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, que junto con los indultos del menemismo garantizaban impunidad. Así, militares cuyo enjuiciamiento se había suspendido vuelven a los tribunales. Miara regresa a prisión para ser juzgado por delitos de lesa humanidad. El proceso fue muy lento y los mellizos lo visitaban. “Lo vimos varias veces en la cárcel. Hablábamos de todo, pero hubo momentos en que mi hermano y yo lo acorralamos un poco y esas charlas me hicieron sentir que yo no tenía por qué pasar por eso: estar con una persona que es un psicópata y te lo demuestra, que dice cosas que te hacen daño y que está en la cárcel, además, con otros represores. La última vez que vi a Miara fue en 2007, y a Beatriz, en 2011. Cuando vine a vivir a Rosario, le pedí incluso que no me hablara más. Pero siguió haciéndolo por un tiempo”.
Sabe por relatos que Quique, su papá, tenía un hablar susurrado como el suyo y que amaba como él la literatura. “Cuando te los quitan a sus 24 años no podés pelearte con nada. No podés llegar a esa distancia natural que hay en la adolescencia respecto de los padres. Aunque siempre te preguntás si hubieran podido actuar de otro modo para salvarse”.
Compleja y dolorosa para los hermanos Reggiardo Tolosa, su experiencia supuso un antes y un después en los casos de restitución. Diana Kordon, psicoanalista que trabajó con las Madres de Plaza de Mayo hasta 1990 y que hoy coordina el Equipo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial, especializado en el apoyo a víctimas de traumatismos sociales, recuerda que el consenso en aquel momento era otro: “No solo los medios debatían si había que restituirlos o no. Discutíamos entre profesionales. Era muy fuerte la presión en el sentido de que estábamos estimulando un nuevo trauma en los chicos. Ahora es distinto: hubo una legitimación acerca de que la apropiación existió y es un crimen condenable en términos sociales, pero también en relación con las personas que la sufrieron y sus familias”.
Ese cambio de mirada se evidencia también en la cantidad de consultas anuales que recibe Abuelas, que crecieron más del 600% entre 2001 (109 consultas) y 2014 (678), con un pico de 117 presentaciones el pasado septiembre a raíz del efecto Guido, tras la restitución del nieto de Estela de Carlotto, presidenta de la institución. “La apropiación es una situación traumática porque rompe la cadena genealógica y su transmisión cultural, que va mucho más allá de la sangre. La restitución, en cambio, es un momento de crisis grande, pero también la posibilidad de un gran encuentro con la verdad”, define Kordon. Reconstruir lazos con sus familias de origen llevó años para Matías. El tiempo saneó su relación con Eduardo, su tío materno, a quien reencontró en las audiencias del juicio a Miara, condenado finalmente en 2013.
Aunque con demora, volvió a relacionarse con la familia de su padre: atesora un álbum fotográfico de tapas azules que prepararon en 2009 para él sus tías paternas. En la primera página de ese documento se lee “Memorias de tu papi, Quique, Juan Enrique Reggiardo” y se ve un árbol genealógico dibujado a mano, que pone nombres a los rostros de las fotos.

Victoria Analía Donda Pérez
Hija de María Hilda Pérez y José María Laureano Donda, que continúan desaparecidos.
Su vida cambió para siempre el 24 de julio de 2003, cuando Juan Antonio Azic, a quien llamaba papá, intentó suicidarse volándose la cabeza con su arma reglamentaria. Quedó en coma tres meses. La razón llegó por la prensa: Azic figuraba entre los represores cuya extradición pedía el juez español Baltasar Garzón para juzgarlos por delitos de lesa humanidad fuera de Argentina, donde aún regían las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.
Detalle del mural de los desaparecidos en la Escuela Superior de 
Mecánica de la Armada (ESMA), el centro de detención y 
tortura de la dictadura militar argentina. / Mariana Eliano
Analía (ese era su nombre entonces) sintió que su vida se derrumbaba y llamó a Abuelas de Plaza de Mayo para disculparse por su padre. Pocos días después, la contactó un grupo de H.I.J.O.S. para decirle que sospechaban que había sido apropiada por Azic y su mujer, Esther, y que solo un análisis de ADN podía confirmarlo. “Recuerdo la sensación de estar ante un abismo, que todo se caía. Veía todo negro y temblaba mucho. Supongo que de miedo. Fueron días en los que no paré de temblar”, cuenta ahora Victoria Donda con un hilo de voz, mientras prepara el biberón de Trilce, su beba.
“Tardé ocho meses en decidirme a hacer el análisis porque sentía que era dar una prueba para que metieran preso a Juan, un hombre al que yo quería mucho. Al que quiero mucho. A pesar de lo que hizo y de las responsabilidades que le caben por ello, porque es un represor y por eso está preso, yo lo quiero”. Aún lo visita en el penal. ¿Cómo son esos encuentros? “Más tranquilos, ya no hay nada que ocultar. De algunas cosas elegimos no hablar, pero es una linda relación”.
Ese análisis demostró que era hija de María Hilda Pérez, Cori, y José María Donda, a quien llamaban Pato, integrantes de Montoneros, secuestrados en 1977. Y también, que su tío no es otro que el marino Adolfo Donda Tigel, hoy preso, responsable de inteligencia de la ESMA, por donde pasaron más de 4.200 detenidos desaparecidos. Allí nació Victoria, separada de su madre con 15 días de vida: fue Cori quien le puso el nombre y también quien, ayudada por una compañera a parir, perforó sus orejitas con una aguja quirúrgica y pasó hilitos celestes por ellas, según relatos de algunos sobrevivientes. Esas voces señalan a su tío como el delator de sus padres. Él fue también quien arrebató a Eva Daniela, su hermana mayor, nacida en 1974, que estaba al cuidado de su abuela, Leontina, una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo.
Adolfo Donda logró quitarle la guarda de la niña y la crio como hija propia, ahondando una tragedia familiar que representa la de todo un país. Eva siente afecto de hija por ese tío-padre-apropiador que estaba al tanto del secuestro de su cuñada y de su hermano y que la educó a ella, pero permitió –en el colmo de la crueldad o de la contradicción– la entrega de su otra sobrina, Victoria, a quien incluso se negó a conocer.
La relación entre ambas hermanas fue muy difícil durante años. La mayor de las Donda llegó incluso a participar en 2009 en un acto de la asociación de Familiares y Amigos de las Víctimas del Terrorismo en la Argentina, que cuenta los asesinatos de militares a manos de la guerrilla. Recién ahora el vínculo está recomponiéndose, alentado en parte por el deseo de dejarles a sus propios hijos otra realidad afectiva. “Estamos en eso”, dice Victoria. “Nos visitamos, nos vemos. Salimos juntas. Está bueno. Hay cosas que mejor no hablamos. Ella está en un proceso personal también”, define.
La política fue la mejor terapia de Victoria. “Belicosa”, como le gusta definirse, es un rostro de las ideas de izquierdas que brega por la legalización de la droga (“es el único modo de luchar contra el narcotráfico”) y por los derechos de las mujeres. Asegura que cuando Trilce, su beba, pueda entenderlo, le contará todo, con Disney como aliado (mal que le pese a sus compañeros de partido, Libres del Sur). “Tengo pensado ver con ella Enredados. La película habla de una apropiación porque a Rapunzel la alejan de sus padres y le mienten sobre su origen”.
Viki tuvo dos madres. O así lo siente. “Esther, la mujer de Juan, fue mi mamá y va a ser la abuela de Trilce, no importa que haya muerto hace cuatro años. Pero mi mamá biológica, Cori, también me hizo falta: la extrañé mucho durante mi embarazo. Nunca la vi, cierto, pero la necesitaba cerca”.
Y hay cicatrices. Desde 2003 sueña que la secuestran hombres sin cara y falta un sitio donde honrar a sus mayores. “Lo que más duele es la ausencia de la ausencia; no saber dónde están mis padres. Que cuando quiero ir a llevarles una flor tengo que ir a un río”, señala, aludiendo a la muerte de Cori, que fue “trasladada”, eufemismo que usaban los militares para aludir a los prisioneros que eran drogados y tirados al Río de la Plata en los llamados “vuelos de la muerte”.
Mientras la beba sonríe, contentísima con el despliegue de grabadoras y cámaras, Victoria habla del nombre que junto con Pablo, su marido, eligieron para ella: “La canción de Trilce”, de Daniel Viglietti, una de sus favoritas; el sonido, casi un caramelo, que no quiere decir nada y sin embargo “suena a una mezcla de triste y dulce”. Quizás un verso del poema homónimo de César Vallejo encierre otra clave de la elección cuando repite testarudo: “Ya no tengamos pena”.

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¿ADN obligatorio?

¿Se puede obligar a alguien a lidiar con una verdad que no quiere conocer? La hermana de crianza de Victoria Donda nació en 1980, también apropiada y llamada Carla por el matrimonio Azic. Su caso se resolvió en 2008 cuando, ante su negativa a hacerse los análisis inmunogenéticos, la justicia ordenó obtener muestras de ADN a través de objetos personales de la joven. El 27 de mayo de ese año se confirmó que se trataba de Laura, tercera hija del matrimonio formado por Silvia Beatriz María Dameri y Orlando Antonio Ruiz, aún desaparecidos. Existen precedentes de la Corte Suprema argentina que declaran inconstitucional la extracción forzosa de sangre. Pero dada la existencia de métodos no invasivos (análisis de muestras de pelo o saliva), la justicia ha fallado priorizando el valor social que tiene restituir la identidad de una persona y la posibilidad de investigar el delito de su apropiación.
Un caso muy controvertido fue el de Marcela y Felipe Noble Herrera, hijos adoptivos de Ernestina Herrera de Noble, directora del periódico Clarín, medio al que el kirchnerismo considera opositor. Ante el reclamo de dos familias querellantes (Lanuscou-Miranda y Gualdero-García) que alegaban la presunta condición de hijos de desaparecidos de los jóvenes, se inició un periplo judicial, que incluyó en 2010 el secuestro de la prendas íntimas que los hermanos vestían en ese momento. Para poner fin a lo que vivían como una “inédita persecución política”, los jóvenes solicitaron en 2011 el cotejo de su ADN con todas las muestras existentes en el Banco Nacional de Datos Genéticos. Todos los análisis dieron negativos.
El 10 de marzo de 2014, la jueza federal Sandra Arroyo Salgado dio por terminadas las pericias en la causa. En marzo de este año, Javier Gonzalo Penino Viñas, quien había sido adoptado ilegalmente por el represor Jorge Vildoza y recuperó su identidad en 1999, declaró como testigo de la defensa en el juicio contra su apropiadora, Ana María Grimaldos, esposa de Vildoza, alegando su derecho a mantener ese lazo. La justicia condenó el pasado 14 de abril a la apropiadora a seis años de prisión. El 12 de abril, Abuelas de Plaza de Mayo confirmó el suicidio de Pablo Germán Athanasiu Laschan, quien había recuperado su identidad a los 37 años en agosto de 2013, tras someterse voluntariamente a los análisis. Pablo había sido anotado como hijo propio por un matrimonio con estrecha vinculación con la dictadura. Su apropiador está detenido en el marco de una causa por crímenes de lesa humanidad.

La (enorme) capacidad humana para sobrevivir tragedias, vista por la ciencia

Un grupo de investigadores estadounidenses pudo medir los niveles de satisfacción de gente que ha superado desastres

 
Carlos Carabaña
24 ABR 2015

 
Un soldado británico rescata un cachorro alemán en las
ruinas de Geilenkirchen en noviembre de 1944 / Cordon Press
En 2003, unas mil parejas con hijos y bajos ingresos se apuntaron a un estudio universitario que se estaba haciendo en Nueva Orleans (EE UU). Tenía como objetivo aumentar el nivel de la educación en los centros públicos de enseñanza superior (los community colleges) y, para ello, se estudiaría el estatus económico, los lazos sociales y la salud mental y física de los participantes a lo largo de los años. El 29 de agosto de 2005, todo cambió: el huracán Katrina tocó tierra y dejó tras su paso 1.800 muertos y más de la mitad de la ciudad destruida. De repente, la encuesta trocó en una oportunidad única para analizar mediante nuevas preguntas cómo afecta un desastre de tales proporciones en familias desfavorecidas. Usando esos datos, acaba de publicarse en Journal of Happiness Studies un análisis que asegura que los niveles de felicidad se recuperan mucho más rápido de lo que se podría imaginar.
La felicidad de los supervivientes descendió cuando se les preguntó el año del Katrina. Cuatro años después, la mayoría de las mujeres habían vuelto a niveles previos al desastre
“Uno de los elementos más interesantes de nuestra investigación es que teníamos datos sobre la felicidad de los supervivientes de Katrina, en nuestro caso mujeres, un año antes del huracán, un año después, y cuatro años después”, explica en un correo electrónico Rocio Calvo, ayudante de docencia en el Boston College’s School of Social Work y autora principal del estudio. “Dado lo impredecible de los desastres naturales y la dificultad de localizar a los supervivientes después de que hayan sido desplazados, teníamos una base de datos única que permitía investigar las consecuencias de uno de los peores desastres naturales ocurridos en el país en las felicidad de las supervivientes”.
Con una de 491 mujeres, el análisis define la felicidad o satisfacción vital como "la evaluación personal de la vida en general compuesta por una dimensión cognitiva a largo plazo y por una dimensión temporal afectiva". Para medirla, usaron la siguiente pregunta: "Si considera su vida en general en este momento, ¿cómo de feliz o infeliz diría usted que es?" Había cuatro grados de respuesta, desde "No soy nada feliz" a "Muy feliz".
"Una vez observado el patrón de felicidad de la mayoría de supervivientes, estábamos interesados en investigar que factores estaban asociados con la recuperación de las satisfacción vital, o felicidad, de las mujeres": quienes no recuperaron los mismos niveles eran las que estaban solas
Lógicamente, la felicidad de los supervivientes descendió significativamente cuando la pregunta se realizó al año del desastre. La sorpresa vino al repetirla cuatro años después. La mayoría de las mujeres habían vuelto a niveles previos al desastre. “No deja de ser sorprendente y esperanzador porque es un indicador de la gran capacidad de superación y adaptación del ser humano, incluso tras haber experimentado circunstancias extremadamente difíciles”, razona Calvo.
“Una vez observado el patrón de felicidad de la mayoría de supervivientes, estábamos interesados en investigar que factores estaban asociados con la recuperación de las satisfacción vital, o felicidad, de las mujeres”, cuenta. De la muestra, solo 38 mujeres no recuperaron los niveles previos. Todas tenían en común que vivían solas y percibían que tenían menos gente a su alrededor que las valorara. Calvo arguye que al trabajar con supervivientes de desastres naturales u otras circunstancias traumáticas, permitirles restablecer sus mecanismos de apoyo comunitario es tan vital como proporcionar recursos y dinero.
“Estos resultados van en línea con otros estudios que demuestran que una de las claves de la felicidad se encuentra en las relaciones personales y en el apoyo que recibimos de los demás”, concluye. Aplíquense el cuento.

Speak, Memory



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In 1993, approaching my sixtieth birthday, I started to experience a curious phenomenon—the spontaneous, unsolicited rising of early memories into my mind, memories that had lain dormant for upward of fifty years. Not merely memories, but frames of mind, thoughts, atmospheres, and passions associated with them—memories, especially, of my boyhood in London before World War II. Moved by these, I wrote two short memoirs, one about the grand science museums in South Kensington, which were so much more important than school to me when I was growing up; the other about Humphry Davy, an early-nineteenth-century chemist who had been a hero of mine in those far-off days, and whose vividly described experiments excited me and inspired me to emulation. I think a more general autobiographical impulse was stimulated, rather than sated, by these brief writings, and late in 1997, I launched on a three-year project of writing a memoir of my boyhood, which I published in 2001 as Uncle Tungsten.1
I expected some deficiencies of memory—partly because the events I was writing about had occurred fifty or more years earlier, and most of those who might have shared their memories, or checked my facts, were now dead; and partly because, in writing about the first fifteen years of my life, I could not call on the letters and notebooks that I started to keep, assiduously, from the age of eighteen or so.
I accepted that I must have forgotten or lost a great deal, but assumed that the memories I did have—especially those that were very vivid, concrete, and circumstantial—were essentially valid and reliable; and it was a shock to me when I found that some of them were not.

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Private Collection/Peter Ertl/Albertina, Vienna
Heinrich Kühn: Hans with Bureau, 1905;
from Heinrich Kühn: The Perfect Photograph,
the catalog of a recent exhibition organized by
the Albertina, Vienna. Now out of print, it was edited by
Monika Faber and Astrid Mahler and published by Hatje Cantz.

A striking example of this, the first that came to my notice, arose in relation to the two bomb incidents that I described in Uncle Tungsten, both of which occurred in the winter of 1940–1941, when London was bombarded in the Blitz:
 
One night, a thousand-pound bomb fell into the garden next to ours, but fortunately it failed to explode. All of us, the entire street, it seemed, crept away that night (my family to a cousin’s flat)—many of us in our pajamas—walking as softly as we could (might vibration set the thing off?). The streets were pitch dark, for the blackout was in force, and we all carried electric torches dimmed with red crêpe paper. We had no idea if our houses would still be standing in the morning.
On another occasion, an incendiary bomb, a thermite bomb, fell behind our house and burned with a terrible, white-hot heat. My father had a stirrup pump, and my brothers carried pails of water to him, but water seemed useless against this infernal fire—indeed, made it burn even more furiously. There was a vicious hissing and sputtering when the water hit the white-hot metal, and meanwhile the bomb was melting its own casing and throwing blobs and jets of molten metal in all directions.
A few months after the book was published, I spoke of these bombing incidents to my brother Michael. Michael is five years my senior, and had been with me at Braefield, the boarding school to which we had been evacuated at the beginning of the war (and in which I was to spend four miserable years, beset by bullying schoolmates and a sadistic headmaster). My brother immediately confirmed the first bombing incident, saying, “I remember it exactly as you described it.” But regarding the second bombing, he said, “You never saw it. You weren’t there.”
I was staggered by Michael’s words. How could he dispute a memory I would not hesitate to swear on in a court of law, and had never doubted as real? “What do you mean?” I objected. “I can see the bomb in my mind’s eye now, Pa with his pump, and Marcus and David with their buckets of water. How could I see it so clearly if I wasn’t there?”
“You never saw it,” Michael repeated. “We were both away at Braefield at the time. But David [our older brother] wrote us a letter about it. A very vivid, dramatic letter. You were enthralled by it.” Clearly, I had not only been enthralled, but must have constructed the scene in my mind, from David’s words, and then appropriated it, and taken it for a memory of my own.
After Michael said this, I tried to compare the two memories—the primary one, on which the direct stamp of experience was not in doubt, with the constructed, or secondary, one. With the first incident, I could feel myself into the body of the little boy, shivering in his thin pajamas—it was December, and I was terrified—and because of my shortness compared to the big adults all around me, I had to crane my head upward to see their faces.
The second image, of the thermite bomb, was equally clear, it seemed to me—very vivid, detailed, and concrete. I tried to persuade myself that it had a different quality from the first, that it bore evidence of its appropriation from someone else’s experience, and its translation from verbal description into image. But although I now know, intellectually, that this memory was “false,” it still seems to me as real, as intensely my own, as before. Had it, I wondered, become as real, as personal, as strongly embedded in my psyche (and, presumably, my nervous system) as if it had been a genuine primary memory? Would psychoanalysis, or, for that matter, brain imaging, be able to tell the difference?
My “false” bomb experience was closely akin to the true one, and it could easily have been my own experience too. It was plausible that I might have been there; had it not been so, perhaps the description of it in my brother’s letter would not have affected me so. All of us “transfer” experiences to some extent, and at times we are not sure whether an experience was something we were told or read about, even dreamed about, or something that actually happened to us.
This is especially apt to happen with very early experiences, with one’s so-called “earliest memories.” I have a vivid memory from about the age of two of pulling the tail of our chow, Peter, while he was gnawing a bone under the hall table, of Peter leaping up and biting me in the cheek, and of my being carried, howling, into my father’s surgery in the house, where a couple of stitches were put in my cheek.
There is an objective reality here: I was bitten on the cheek by Peter when I was two, and still bear the scar of this. But do I actually remember it, or was I told about it, subsequently constructing a “memory” that became more and more firmly fixed in my mind by repetition? The memory seems intensely real to me, and the fear associated with it is certainly real, for I developed a fear of large animals after this incident—Peter was almost as large as I was at two—a fear that they would suddenly attack or bite me.
Daniel Schacter has written extensively on distortions of memory and the “source confusions” that go with them, and in his book Searching for Memory recounts a well-known story about Ronald Reagan:
In the 1980 presidential campaign, Ronald Reagan repeatedly told a heartbreaking story of a World War II bomber pilot who ordered his crew to bail out after his plane had been seriously damaged by an enemy hit. His young belly gunner was wounded so seriously that he was unable to evacuate the bomber. Reagan could barely hold back his tears as he uttered the pilot’s heroic response: “Never mind. We’ll ride it down together.” The press soon realized that this story was an almost exact duplicate of a scene in the 1944 film A Wing and a Prayer. Reagan had apparently retained the facts but forgotten their source.
Reagan was a vigorous sixty-nine-year-old at the time, was to be president for eight years, and only developed unmistakable dementia in the 1990s. But he had been given to acting and make-believe throughout his life, and he had displayed a vein of romantic fantasy and histrionism since he was young. Reagan was not simulating emotion when he recounted this story—his story, his reality, as he believed it to be—and had he taken a lie detector test (functional brain imaging had not yet been invented at the time), there would have been none of the telltale reactions that go with conscious falsehood.
It is startling to realize that some of our most cherished memories may never have happened—or may have happened to someone else. I suspect that many of my enthusiasms and impulses, which seem entirely my own, have arisen from others’ suggestions, which have powerfully influenced me, consciously or unconsciously, and then been forgotten. Similarly, while I often give lectures on similar topics, I can never remember, for better or worse, exactly what I said on previous occasions; nor can I bear to look through my earlier notes. Losing conscious memory of what I have said before, and having no text, I discover my themes afresh each time, and they often seem to me brand-new. This type of forgetting may be necessary for a creative or healthy cryptomnesia, one that allows old thoughts to be reassembled, retranscribed, recategorized, given new and fresh implications.
Sometimes these forgettings extend to autoplagiarism, where I find myself reproducing entire phrases or sentences as if new, and this may be compounded, sometimes, by a genuine forgetfulness. Looking back through my old notebooks, I find that many of the thoughts sketched in them are forgotten for years, and then revived and reworked as new. I suspect that such forgettings occur for everyone, and they may be especially common in those who write or paint or compose, for creativity may require such forgettings, in order that one’s memories and ideas can be born again and seen in new contexts and perspectives.
Webster’s defines “plagiarize” as “to steal and pass off (the ideas or words of another) as one’s own: use (another’s production) without crediting the source …to commit literary theft: present as new and original an idea or product derived from an existing source.” There is a considerable overlap between this definition and that of “cryptomnesia.” The essential difference is that plagiarism, as commonly understood and reprobated, is conscious and intentional, whereas cryptomnesia is neither. Perhaps the term “cryptomnesia” needs to be better known, for though one may speak of “unconscious plagiarism,” the very word “plagiarism” is so morally charged, so suggestive of crime and deceit, that it retains a sting even if it is “unconscious.”
In 1970, George Harrison composed an enormously successful song, “My Sweet Lord,” which turned out to have great similarities to a song by Ronald Mack (“He’s So Fine”), recorded eight years earlier. When the matter went to trial, the judge found Harrison guilty of plagiarism, but showed psychological insight and sympathy in his summary of the case. He concluded:
Did Harrison deliberately use the music of “He’s So Fine”? I do not believe he did so deliberately. Nevertheless…this is, under the law, infringement of copyright, and is no less so even though subconsciously accomplished.

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Private Collection
 Georges Seurat: Night Stroll, 1887–1888
Helen Keller was accused of plagiarism when she was only twelve.2 Though deaf and blind from an early age, and indeed languageless before she met Annie Sullivan at the age of six, she became a prolific writer once she learned finger spelling and Braille. As a girl, she had written, among other things, a story called “The Frost King,” which she gave to a friend as a birthday gift. When the story found its way into print in a magazine, readers soon realized that it bore great similarities to “The Frost Fairies,” a children’s short story by Margaret Canby. Admiration for Keller now turned into accusation, and Helen was accused of plagiarism and deliberate falsehood, even though she said that she had no recollection of reading Canby’s story, and thought she had made it up herself. The young Helen was subjected to a ruthless inquisition, which left its mark on her for the rest of her life.
But she had defenders, too, including the plagiarized Margaret Canby, who was amazed that a story spelled into Helen’s hand three years before could be remembered or reconstructed by her in such detail. “What a wonderfully active and retentive mind that gifted child must have!” Canby wrote. Alexander Graham Bell came to her defense, saying, “Our most original compositions are composed exclusively of expressions derived from others.”3
Indeed, Keller’s remarkable imagination and mind could not have developed and become as rich as they were without appropriating the language of others. Perhaps in a general sense we are all dependent on the thoughts and images of others.
Keller herself said of such appropriations that they were most apt to occur when books were spelled into her hands, their words passively received. Sometimes when this was done, she said, she could not identify or remember the source, or even, sometimes, whether it came from outside her or not. Such confusion rarely occurred if she read actively, using Braille, moving her finger across the pages.
The question of Coleridge’s plagiarisms, paraphrases, cryptomnesias, or borrowings has intrigued scholars and biographers for nearly two centuries, and is of special interest in view of his prodigious powers of memory, his imaginative genius, and his complex, multiform, sometimes tormented sense of identity. No one has described this more beautifully than Richard Holmes in his two- volume biography.
Coleridge was a voracious, omnivorous reader who seemed to retain all that he read. There are descriptions of him as a student reading The Times in a casual fashion, then being able to reproduce the entire paper, including its advertisements, verbatim. “In the youthful Coleridge,” writes Holmes,
this is really part of his gift: an enormous reading capacity, a retentive memory, a talker’s talent for conjuring and orchestrating other people’s ideas, and the natural instinct of a lecturer and preacher to harvest materials wherever he found them.
Literary borrowing was commonplace in the seventeenth century—Shakespeare borrowed freely from many of his contemporaries, as did Milton.4 Friendly borrowing remained common in the eighteenth century, and Coleridge, Wordsworth, and Southey all borrowed from one another, sometimes even, according to Holmes, publishing work under each other’s names.
But what was common, natural, and playful in Coleridge’s youth gradually took on a more disquieting form, especially in relation to the German philosophers (Friedrich Schelling above all) whom he “discovered,” venerated, translated, and finally came to use in the most extraordinary way. Whole pages of Coleridge’s Biographia Literaria consist of unacknowledged, verbatim passages from Schelling. While this unconcealed and damaging behavior has been readily (and reductively) categorized as “literary kleptomania,” what actually went on is complex and mysterious, as Holmes explores in the second volume of his biography, where he sees the most flagrant of Coleridge’s plagiarisms as occurring at a devastatingly difficult period of his life, when he had been abandoned by Wordsworth, was disabled by profound anxiety and intellectual self-doubt, and more deeply addicted to opium than ever. At this time, Holmes writes, “his German authors gave him support and comfort: in a metaphor he often used himself, he twined round them like ivy round an oak.”
Earlier, as Holmes describes, Coleridge had found another extraordinary affinity, for the German writer Jean-Paul Richter—an affinity that led him to translate and transcribe Richter’s writings, and then to take off from them, elaborating them in his own way and then, in his notebooks, conversing and communing with Richter. At times, the voices of the two men became so intermingled as to be hardly distinguishable from one another.
In 1996, I read a review of a new play, Molly Sweeney, by Brian Friel. It was, I read, about a massage therapist, born blind, who is given sight by an operation in middle life, but then finds this unprecedented ability to see profoundly confusing. Molly is unable to recognize anybody or anything, can make nothing of what she sees—and ultimately, gratefully, returns to her original state of blindness. I was startled by this, because I myself had written and published in The New Yorker, just three years earlier, the case history of a patient with an exceedingly similar story (“To See and Not See”). When I obtained a copy of Friel’s new play, I was not surprised to find it brilliant and original in conception and style, but I was surprised to find, over and above the thematic similarities, entire phrases and sentences from my own case history.
I wrote to Friel, and he responded that he had indeed read my piece, and had been much moved by it (the more so as he had feared he was losing his own vision). He had also read many other case histories of the restoration of vision. Friel concluded that he must have inadvertently used some phrases from my account, but that this was completely unconscious, and agreed to add to Molly Sweeney an acknowledgment of the sources of his inspiration.
Freud was fascinated by the slippages and errors of memory that occur in the course of daily life, and their relation to emotion, especially unconscious emotion; but he was also forced to consider the much grosser distortions of memory that some of his patients showed, especially when they gave him accounts of having been sexually seduced or abused in childhood. He at first took all these accounts literally, but eventually, when there seemed little evidence or plausibility in several cases, he started to wonder whether such recollections had been distorted by fantasy, and whether some, indeed, might be total fabulations, constructed unconsciously, but so convincingly that the patients themselves believed in them absolutely. The stories that patients told, and had told to themselves, could have a very powerful effect on their lives, and it seemed to Freud that their psychological reality might be the same whether they came from actual experience or from fantasy.
In our present age, descriptions and accusations of childhood abuse have reached almost epidemic proportions. Much is made of so-called recovered memories—memories of experiences so traumatic as to be defensively repressed, and then, with therapy, released from repression. Particularly dark and fantastic forms of this include descriptions of satanic rituals of one sort and another, accompanied often by coercive sexual practices. Lives, and families, have been ruined by such accusations. But it has been shown, in at least some cases, that such descriptions can be insinuated or planted by others. The frequent combination, here, of a suggestible witness (often a child) with an authority figure (perhaps a therapist, a teacher, a social worker, or an investigator) can be particularly powerful.
From the Inquisition and the Salem witch trials to the Soviet trials of the 1930s and Abu Ghraib, varieties of “extreme interrogation,” or outright physical and mental torture, have been used to extract political or religious “confessions.” While such interrogation may be intended to extract information in the first place, its deeper intentions may be to brainwash, to effect a genuine change of mind, to fill it with implanted, self-inculpatory memories, and in this it may be frighteningly successful.5
But it may not take coercive suggestion to affect a person’s memories. The testimony of eyewitnesses is notoriously subject to suggestion and to error, frequently with dire effects on the wrongfully accused.6 With the advent of DNA testing, it is now possible to find, in many cases, an objective corroboration or refutation of such testimony, and Schacter notes that “a recent analysis of forty cases in which DNA evidence established the innocence of wrongly imprisoned individuals revealed that thirty-six of them (90 percent) involved mistaken eyewitness identification.”
If the last thirty years have seen a surge or resurgence of ambiguous memory and identity syndromes, they have also led to important research—forensic, theoretical, and experimental—on the malleability of memory. Elizabeth Loftus, the psychologist and memory researcher, has documented a disquieting success in implanting false memories by simply suggesting to a subject that he has experienced a fictitious event. Such pseudo-events, invented by psychologists, may vary from mildly upsetting or comic incidents (that, for example, as a child, one was lost in a mall) to more serious incidents (that one was the victim of a serious animal attack, or a serious assault by another child). After initial skepticism (“I was never lost in a shopping mall”), and then uncertainty, the subject may move to a conviction so profound that he will continue to insist on the truth of the implanted memory, even after the experimenter confesses that it never happened in the first place.
What is clear in all these cases—whether of imagined or real abuse in childhood, of genuine or experimentally implanted memories, of misled witnesses and brainwashed prisoners, of unconscious plagiarism, and of the false memories we probably all have based on misattribution or source confusion—is that, in the absence of outside confirmation, there is no easy way of distinguishing a genuine memory or inspiration, felt as such, from those that have been borrowed or suggested, between what the psychoanalyst Donald Spence calls “historical truth” and “narrative truth.”
Even if the underlying mechanism of a false memory is exposed, as I was able to do, with my brother’s help, in the incendiary bomb incident (or as Loftus would do when she confessed to her subjects that their memories were implanted), this may not alter the sense of actual lived experience or reality that such memories have. Nor, for that matter, may the obvious contradictions or absurdity of certain memories alter the sense of conviction or belief. For the most part the people who claim to be abducted by aliens are not lying when they speak of how they were taken into alien spaceships, any more than they are conscious of having invented a story—some truly believe that this is what happened.
Once such a story or memory is constructed, accompanied by vivid sensory imagery and strong emotion, there may be no inner, psychological way of distinguishing true from false—or any outer, neurological way. The physiological correlates of such memory can be examined using functional brain imaging, and these images show that vivid memories produce widespread activation in the brain involving sensory areas, emotional (limbic) areas, and executive (frontal lobe) areas—a pattern that is virtually identical whether the “memory” is based on experience or not.
There is, it seems, no mechanism in the mind or the brain for ensuring the truth, or at least the veridical character, of our recollections. We have no direct access to historical truth, and what we feel or assert to be true (as Helen Keller was in a very good position to note) depends as much on our imagination as our senses. There is no way by which the events of the world can be directly transmitted or recorded in our brains; they are experienced and constructed in a highly subjective way, which is different in every individual to begin with, and differently reinterpreted or reexperienced whenever they are recollected. (The neuroscientist Gerald M. Edelman often speaks of perceiving as “creating,” and remembering as “recreating” or “recategorizing.”) Frequently, our only truth is narrative truth, the stories we tell each other, and ourselves—the stories we continually recategorize and refine. Such subjectivity is built into the very nature of memory, and follows from its basis and mechanisms in the human brain. The wonder is that aberrations of a gross sort are relatively rare, and that, for the most part, our memories are relatively solid and reliable.
We, as human beings, are landed with memory systems that have fallibilities, frailties, and imperfections—but also great flexibility and creativity. Confusion over sources or indifference to them can be a paradoxical strength: if we could tag the sources of all our knowledge, we would be overwhelmed with often irrelevant information.
Indifference to source allows us to assimilate what we read, what we are told, what others say and think and write and paint, as intensely and richly as if they were primary experiences. It allows us to see and hear with other eyes and ears, to enter into other minds, to assimilate the art and science and religion of the whole culture, to enter into and contribute to the common mind, the general commonwealth of knowledge. This sort of sharing and participation, this communion, would not be possible if all our knowledge, our memories, were tagged and identified, seen as private, exclusively ours. Memory is dialogic and arises not only from direct experience but from the intercourse of many minds.
Letters
Freud and Sexual Abuse March 21, 2013
  1. See Oliver Sacks, Uncle Tungsten: Memories of a Chemical Boyhood (Vintage, 2001). 
  2. This episode is related in great and sympathetic detail by Dorothy Herrmann in her biography of Keller, Helen Keller: A Life (University of Chicago Press, 1998). 
  3. Mark Twain later wrote to Helen Keller:
    Oh, dear me, how unspeakably funny and owlishly idiotic and grotesque was that “plagiarism” farce! As if there was much of anything in any human utterance except plagiarism!… For substantially all ideas are second-hand, consciously and unconsciously drawn from a million outside sources.
    Indeed, Mark Twain had committed such unconscious theft himself, as he described in a speech at Oliver Wendell Holmes’s seventieth birthday:

    Oliver Wendell Holmes…was…the first great literary man I ever stole any thing from—and that is how I came to write to him and he to me. When my first book was new, a friend of mine said to me, “The dedication is very neat.” Yes, I said, I thought it was. My friend said, “I always admired it, even before I saw it in The Innocents Abroad.”
    I naturally said, “What do you mean? Where did you ever see it before?”
    “Well, I saw it first some years ago as Doctor Holmes’s dedication to his Songs in Many Keys.”
    …Well, of course, I wrote to Dr. Holmes and told him I hadn’t meant to steal, and he wrote back and said in the kindest way that it was all right and no harm done; and added that he believed we all unconsciously worked over ideas gathered in reading and hearing, imagining they were original with ourselves.
  4. The Cambridge History of English and American Literature says of Milton:
    The parallel-hunters and the plagiarism-hunters and the source-hunters have spent immense pains… to show that Milton imitated, borrowed from, or, in this way and that, followed, the Adamo of…Andreini (1613), the Lucifer…of…Vondel (1654), the Adamus Exul of Grotius (1601), Sylvester’s Du Bartas (1605) and even Caedmon…. Supposing Milton to have read all these books, Paradise Lost remains Milton’s; and it is perfectly certain, not merely that nobody else could have constructed it out of them, but that a syndicate composed of their authors, each in his happiest vein and working together as never collaborators worked, could not have come within measurable distance of it, or of him.
  5. The theme of brainwashing or breaking a man, with the forcible derangement of memory, is terrifyingly illustrated in George Orwell’s novel 1984, and in the Alec Guinness film The Prisoner
  6. Hitchcock’s film The Wrong Man (the only nonfiction film he ever made) documents the terrifying consequences of a mistaken identification based on eyewitness testimony.